Proteccionismo gubernamental

Durante las últimas décadas se ha venido produciendo un aumento de libertad en el comercio internacional que ha supuesto una mayor prosperidad para los países industrializados. Sin embargo, parece que esta tendencia ha mostrado los primeros indicios de cansancio. Si este reciente resurgir del proteccionismo se acelera, el sistema de libre comercio dará paso a un sistema de comercio gestionado que potenciará la aparición, en los próximos años, de bloques comerciales separados. Con ello las pérdidas económicas, sobre todo para los países emergentes, podrían llegar a resultar gigantescas.
El problema surge en la miopía de los gobiernos de los países desarrollados que se preocupan, antes que nada, de sus economías domésticas y como consecuencia se está cerniendo una ola de amenazante proteccionismo que considero equivocada, tanto en lo referente a sus justificaciones como a sus objetivos. Cuando las cosas van mal, cuando hay crisis, siempre surgen las presiones proteccionistas; se trata de una de la reacciones más típicas y conocidas, que además, en seguida suscita apoyos por parte de los sectores menos productivos, e incluso de los sectores menos perjudicados. Los últimos ejemplos los tenemos en la imposición de tarifas al acero importado por parte de la administración Bush, recibida con gritos de protesta por países exportadores como Brasil. Y en el programa proteccionista antieuropeo de Le Pen que pretendía sacar a Francia de Europa, reinstaurando las fronteras comerciales para proteger el empleo y la producción franceses. Un programa que se compromete a dar prioridad a los ciudadanos franceses en el acceso al trabajo y a conceder prestaciones sociales sólo a los nacionales franceses. Pero Francia se ha opuesto a Le Pen con los votos. La Unión Europea y MERCOSUR también están haciendo frente al proteccionismo comercial de Estados Unidos en la OMC.
Muchas veces para protegerse se arguye el «dumping social», es decir, que los países emergentes compiten deslealmente porque las condiciones de trabajo son pésimas, sin cobertura social y con unos salarios de miseria. Este argumento es vulnerable por dos razones. Los salarios en esos países son bajos porque todavía lo es el nivel de vida, pero se están incrementando a medida que éste sube, como es lógico. La respuesta de estos países es clara, y a mi modo de ver, irrefutable: estamos haciéndolo como nos enseñaron ustedes, es decir a partir del esfuerzo y del sacrificio, porque ustedes nos han enseñado que no hay otro camino. Incluso -añaden ahora- estamos abriendo nuestras fronteras y basando el crecimiento en la exportación como ustedes nos enseñaron tenía que hacerse. Creo, pues, que el argumento del «dumping» social sólo tiene sentido si olvidamos nuestra propia historia y nuestras exhortaciones a esos países. En segundo lugar, porque el problema no está tanto en que esos nuevos países industriales invadan nuestros mercados, bastante saturados y altamente entregados al comercio intracomunitario, como que se apoderen de los exteriores, es decir, de aquellos que creen y ofrecen mejores perspectivas. Hay otra razón adicional de mucho peso y es que el proteccionismo frente a esos nuevos países competidores no es la solución. Se trata simplemente del argumento de que son precisamente ellos nuestra mejor esperanza comercial, y por lo tanto, si algún interés tenemos es el de que crezcan. Si crecen nos comprarán. La respuesta al proteccionismo debe ser clara, y a mi modo de ver, irrefutable ya que proteger es eliminar el mejor estímulo que existe para mejorar la competitividad. Esta regla nunca falla. La protección esconde el problema, pero no lo soluciona. Si la desventaja es de costes, poner una pantalla protectora no soluciona el mal de fondo; lo tapa. Y lo que es peor: lo estanca. Porque en economía no se conoce otro procedimiento para estimular la competitividad de costes y de calidad que la competencia con los demás. El ejemplo de los antiguos países comunistas debería dejar pocas dudas al respecto. Como también la Política Agraria Común (PAC), claramente proteccionista y una de las aberraciones mayores de la Unión Europea (UE), que ha impedido a muchos países pobres exportar alimentos a Europa y conseguir así las divisas que necesitan para financiar su desarrollo económico.
De ahí que, desde hace algunos años, la UE esté reformando la PAC con el intento de conseguir una política más eficiente y competitiva. Al desaparecer el sistema de protección aparece la competencia y lo que se descubre es que bajo la imagen de equidad, justicia social o redistribución de la renta, las subvenciones habían estado alimentando la ineficiencia. Ineficiencia que, además, hay que pagar ahora reestructurando un sector protegido, en este caso el sector agrario.
El comercio internacional seguirá jugando, en el futuro, un papel fundamental en el crecimiento económico de los países. Por ello, los gobiernos seguirán buscando la firma de Acuerdos Comerciales, como los que ha firmado la semana pasada la UE y España con Chile y Canadá, con los que hacerse concesiones recíprocas, y que permitan reducciones en las barreras tanto arancelarias como no arancelarias. Junto a estos Acuerdos Comerciales entre países, la OMC seguirá potenciando los Acuerdos Multilaterales, gracias a los cuales, los países en vías de desarrollo cobrarán una mayor participación en el comercio internacional de bienes y servicios. Las Asociaciones entre países serán por tanto, el elemento esencial de las relaciones de intercambio en los próximos años. A éstas se unirá la armonización de legislaciones, en el comercio electrónico, medio ambiente y reglas sanitarias. .

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