Tradicionalmente, la economía española ha sido una de las economías más protegidas de nuestro entorno y, por lo tanto, menos sujetas a la competencia internacional. A lo largo del siglo XX, ese aislamiento se fue manifestando como insostenible hasta que finalmente con nuestra incorporación a la Unión Europea, en 1986, la economía española ha hecho una apuesta definitiva e irreversible por la integración en los mercados internacionales. Varios son los indicadores que pueden utilizarse a la hora de valorar dicha integración:
– Desde 1986 hasta la actualidad, la economía española ha experimentado el incremento más espectacular de su grado de apertura de los países desarrollados. Así, si utilizamos la tasa de apertura, es decir, el cociente entre la exportación más la importación de bienes y servicios como porcentaje del PIB (la renta que se genera en la economía al año), nos encontramos con que se ha pasado del 37,4% de 1986 a más del 60% en la actualidad, lo que sitúa a la economía española en valores superiores a Estados Unidos, Japón, Francia o Italia.
– El aumento del grado de apertura de la economía española ha venido acompañado de una progresiva ganancia de la cuota de mercado de nuestras exportaciones, es decir, del porcentaje que nuestras exportaciones representan como porcentaje del comercio mundial. Así, nuestras exportaciones han pasado de representar el 1,27% del comercio mundial en 1986 a suponer alrededor del 2% a finales de la década de los noventa. Este incremento de nuestra cuota de mercado es más relevante si cabe si se tiene en cuenta que el comercio mundial ha sido durante los últimos años una actividad creciente.
– La internacionalización de la economía española no sólo se ha producido a través de las exportaciones de bienes y servicios (por lo que a los servicios respecta debe recordarse que, tanto en turistas como en ingresos por turismo, España se viene situando en los últimos años entre los tres principales países del mundo), sino que también nuestro papel como inversor ha crecido de manera sustancial, de tal forma que si a finales de los años ochenta y principios de los noventa la economía española era una de las economías que más inversión recibía, a partir de 1997 se produce un cambio muy significativo en el sentido de que desde ese momento nuestra inversión en el exterior comienza a superar a la inversión que recibimos del exterior. Detrás de este fenómeno se encuentra la internacionalización de nuestras principales empresas (Telefónica, Repsol, Endesa, BBVA, BSCH, etc), que nos ha llevado a ser en la actualidad el sexto inversor a nivel mundial.
En definitiva, puede afirmarse que tras una larga historia marcada por la protección frente al exterior y la reserva para nuestros sectores del mercado interior, se ha pasado a una etapa de plena integración en los mercados internacionales, de tal forma que para buena parte de nuestras empresas exportar e incluso invertir se ha convertido en un objetivo en sí mismo y no en una actividad residual, como cuando nuestras empresas sólo se preocupaban de los mercados exteriores cuando el mercado interior estaba en crisis o saturado.
Obviamente, los avances realizados en materia de internacionalización no suponen que no existan problemas y retos importantes a los que nuestro sector exterior debe hacer frente. Así, entre las principales limitaciones que habría que resolver cabe mencionar las siguientes: en primer lugar, todavía existen muchas empresas, básicamente las microempresas o las pequeñas empresas, que o no exportan o lo hacen de manera esporádica; en segundo lugar, el tamaño medio de nuestra empresa exportadora es inferior al de nuestros competidores, lo que le dificulta el aprovecharse de las economías de escala; en tercer lugar, todavía existen importantes carencias organizativas en nuestras empresas para afrontar el reto de la internacionalización, tales como la falta de formación en materia de comercio exterior e inversión, las carencias o incluso inexistencia de los departamentos de exportación de las empresas, la falta de conocimiento y control de los canales de distribución, las limitaciones del marketing internacional que aplican, etc. Junto a estas limitaciones de carácter empresarial, el sector exterior español se enfrenta ante dos dificultades adicionales de carácter más general como son, por un lado, el escaso desarrollo de la imagen de marca España, que identifique a nuestros productos y los asocie a productos de calidad, tal como puede ocurrir con los bienes franceses o italianos, y por otro, la tendencia de nuestra economía a generar déficit comerciales elevados en los momentos de mayor crecimiento de nuestra economía, lo que es la consecuencia lógica de ser muy dependientes en sectores básicos para el crecimiento económico como son los productos energéticos, los bienes de equipo y los bienes de alto contenido tecnológico.
Eugenio Díaz González
Jefe de Estudios de CECO
Mesa de redacción continua de Empresa Exterior. Equipo especializado en la monitorización en tiempo real y redacción de la información diaria de última hora sobre los mercados internacionales, garantizando la actualización constante de la actualidad B2B.


