Las relaciones económicas entre España y Francia, tradicionalmente buenas, atraviesan por un momento particularmente dinámico: España es el segundo cliente de Francia y su tercer proveedor, mientras que Francia es el primer proveedor y el primer cliente de España en el mundo. España es, además, uno de los pocos países europeos que, a pesar de la crisis económica generalizada de estos dos últimos años, ha mantenido un nivel de crecimiento satisfactorio.
Pero la aparente buena salud de la economía española, así como la estrecha colaboración, a todos los niveles, entre ambos países, contrastan con cierta atonía de la actividad emprendedora española en el mercado internacional, y en particular en el mercado francés. Ya son 1.200 las empresas francesas presentes en España; las instalaciones productivas españolas en el país galo, sin embargo, apenas superan las doscientas plantas. Este dato no deja de ser sorprendente, y hasta es paradójico, porque Francia es probablemente el mercado más natural de España, y sin embargo, las empresas españolas, hasta ahora, han preferido establecerse en Latinoamérica; Últimamente, las economías emergentes del Este o de Asia parecen atraer a las empresas ibéricas.
Pero no nos equivoquemos: pocos países pueden ofrecer a las empresas españolas un entorno económico, industrial y logístico tan desarrollado, pero sobre todo tan seguro como Francia. La primera razón para afirmarlo es, al fin y al cabo, la gran similitud entre ambos países, y el gran entendimiento que existe entre nuestras dos culturas latinas que hace posible hacer negocios en Francia sin sentirse «perdido» en un país extranjero. No es, evidentemente, la única razón. Instalarse en el país vecino es, también y sobre todo, acceder a los 450 millones de consumidores europeos, que constituyen el primer mercado mundial. No en vano tiene Francia frontera con siete países, lo que, sin ninguna duda, ofrece unas ventajas logísticas incomparables, así como su red de infraestructuras de transporte tanto terrestre como portuarias o aeroportuarias. Destacan las líneas de TGV (alta velocidad), que permiten atravesar el país en pocas horas. La calidad de su mano de obra es otra de las ventajas: Francia obtiene las tasas de productividad más altas de los grandes países industrializados, y su mano de obra está entre las más cualificadas de Europa, con un coste inferior a la media europea. Si añadimos argumentos como el alto nivel de formación de la población, el bajo coste de la electricidad y de las telecomunicaciones, la importancia de la I+D, entenderemos por qué Francia es el segundo mayor receptor de inversiones directas del mundo.
Por supuesto, todavía se pueden hacer muchas cosas para reforzar el atractivo del territorio francés, y el actual Gobierno lo ha asumido, al adoptar a finales de 2003 unas 50 medidas destinadas a favorecer la implantación de empresas.
Fomentar la inversión extranjera, generadora de riqueza y de empleo, se ha convertido en una verdadera prioridad nacional, y así lo demuestra, también, la reciente creación de la Agencia Francesa para las Inversiones Internacionales (A.F.I.I.). La A.F.I.I., servicio de la Embajada de Francia en España, que se propone facilitar al empresario español toda la información y el apoyo necesarios a la hora de estudiar un proyecto de instalación en Francia, de forma totalmente gratuita. Tras estudiar los requisitos del proyecto con la empresa, en un plazo de dos a tres semanas esta agencia le entrega propuestas concretas de instalación, presentando las diferentes zonas posibles, sus ventajas, coste, fiscalidad local y ayudas (subvenciones, exenciones fiscales,…). Dispone de una página web donde encontrará una información muy completa sobre el entorno de los negocios en Francia : www.afii.fr.
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