Podemos considerar que los países están siempre en formación, basta con preguntarle a un catalán cuál es su definición de España, o a un vasco, o quizás analizar en profundidad lo unido que está el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
No deberíamos sentir ningún temor al afirmar que Europa es sólo un proyecto, basta con ver cuáles fueron las reacciones ante los acontecimientos del 11 de Septiembre. Los ciudadanos europeos actuaron unidos ante el dolor de los americanos y nuestros políticos mostraron con diferentes palabras y en otros tonos el mismo pesar. Aunque el líder inglés ha actuado desde entonces como si del embajador norteamericano en Europa se tratara, mientras que el líder alemán o el francés lo han hecho con mayor moderación.
Una vez más es importante resaltar que los europeos (políticos y ciudadanos) actuamos unidos. No fue este el caso de Venezuela, donde a sus líderes les costó mucho más tiempo reaccionar que a los ciudadanos, quienes manifestaron su condena al terror inmediatamente.
En la Federación Rusa, las cosas fueron de otro modo, la rapidez de los políticos fue mayor, se alinearon con las tesis americanas antes que los propios ciudadanos, aún sumidos en una lenta recuperación después de los tiempos de: «dos grandes bloques enfrentados».
Hay quien se pregunta si debemos incluir a Turquía en la Unión Europea. Todavía no, dice el ex presidente francés Valery Giscar d'Estany en su nuevo oficio como redactor de la nueva Constitución Europea. Está buscando una definición de qué somos y al tener que incluir un país musulmán no cuadran los términos empleados.
Durante el Imperio romano, Europa fue una unión territorial, deseosa de añadir nuevos dioses en su catecismo y así poder ofrecerles sacrificios y pedir favores más específicos a la carta. En este sentido los egipcios tuvieron mucho que ofrecer y, siendo ya los romanos politeístas, fue una decisión difícil. Pero hoy Europa es monoteísta, hablar de más de un dios sí representa un desafío a la «condición humana», esperemos haber evolucionado lo suficiente desde entonces.
El éxito de los romanos es fuente de continuas interpretaciones. Una de ellas es que supieron montar un entramado de leyes comunes para proteger a los ciudadanos los unos de los otros, no tanto para limitar las libertades, sino para eliminar posibles excesos de algunos. La caída del Imperio hay quien piensa que ocurrió cuando decidieron buscar una definición: quiénes eran, hasta dónde abarcaban, lo que intenta precisamente Giscard estos días.
Europa es un proyecto colectivo, una ilusión que tiene una serie de objetivos y plantea desafíos a los que quieren ser parte del grupo. No se trata de un barco que puede hundirse cuando se suban los nuevos pasajeros, ni de un castillo que se puede llenar excesivamente de gente cuando abre sus puertas. Es si acaso, una vela que enciende otras velas para que más gente alcance mayores cuotas de dignidad, y haya más luz.
En un viaje de estas características lo que cuenta no es ser europeo, español, corso o catalán. No es la cima de la montaña lo que hay que alcanzar, sino caminar bien el camino. No tiene mayor importancia ni los kilómetros a recorrer ni las horas de discusiones, el objetivo es manejar el trayecto positivamente, en otras palabras, sin terrorismo, sin guerras, sin hambre. El premio es el propio trayecto: desarrollo en lugar de pobreza, paz en lugar de terrorismo, bienestar en lugar de angustia.
Los catalanes perdieron una batalla en 1714 contra los españoles, desde entonces se inició un largo camino hacia quizá la independencia o quién sabe hacia dónde, pero a mi familia poco le importa el destino final si disfrutan de una cómoda casa y una sociedad tranquila.
Como dicen los daneses, «debemos acercarnos a los que buscan no a los que han encontrado».
Hay que salir cuanto antes del pie de la montaña donde están los nacionalismos exclusivos e iniciar la ascensión, lo dice Imre Kertez (Premio Nobel de Literatura 2002). «Auschwitz es el nombre del fondo del camino y la humanidad ha estado en él recientemente».
Ser europeo es un camino interior hasta llegar a la convicción de que las ideas, el arte, la moneda, los servicios, los productos son mejores si son genuinamente europeos, no cuando son solamente alemanes o austríacos o finlandeses. Contamos con múltiples ejemplos que lo confirman en todos los ámbitos de nuestras vidas: automóviles, ordenadores con partes hechas en múltiples países. Las cosas se hacen mejor cuanto mayor talento se emplea en ellas. Necesitamos en este sentido del talento de los turcos.
Ser europeos es una decisión personal que implica centrar nuestras investigaciones en la búsqueda de igualdades entre la gente, valores que compartimos, emociones que vivimos en un momento dado de nuestra existencia, no siempre centrándonos en las diferencias obvias entre países: toman té, llegan tarde, comen a las cinco. Ir por la vida buscando similitudes entre los países es un camino mucho más saludable que el de buscar diferencias, tan en uso.
Cuanto antes el viaje comience mucho mejor. Queda mucho por hacer, los alemanes necesitan de los europeos para resolver el complejo de culpabilidad por los hechos del pasado, ya es hora de que empiecen a perdonarse a ellos mismos. Los españoles necesitamos ayuda de Europa para solucionar nuestro complejo de inferioridad, los británicos sus complejos clasistas, los franceses su autosuficiencia.
Europa es una sociedad que habrá que construir a la carta «marque alguno de los siguientes apartados»: euro, Shenguen, OTAN, tiempo de pertenencia, derechos humanos, cerca del centro; lejos de él…,
En el tiempo de la espera el país candidato debe de hacer algunos ajustes y prepararse, pero desde ese momento ya comenzará su país a sentir las ventajas reales que son: democratización, el respeto a los derechos humanos y sobre todo una idea colectiva dinamizadora.
La Unión Europea tiene la obligación de anunciar la nominación de Turquía. ::
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