El Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia fue firmado en
Barcelona en 2023. Francia ya ha completado su ratificación parlamentaria,
mientras que España sigue pendiente de hacerlo tras un primer rechazo en el Congreso y una nueva remisión del texto a las Cortes.
Desde una perspectiva empresarial e internacional, esta situación merece una reflexión que va más allá del calendario político. No hablamos únicamente de un tratado diplomático, sino de un instrumento destinado a reforzar una de las relaciones económicas más importantes de Europa.
España y Francia mantienen una relación comercial estratégica. Francia es el principal socio comercial de España y uno de los destinos prioritarios para la internacionalización de nuestras empresas. Según los datos de la Oficina Económica y Comercial de España en París, en 2025 las exportaciones españolas a Francia alcanzaron los 55.789 millones de euros, mientras que las importaciones procedentes de Francia ascendieron a 38.447 millones. El saldo comercial fue favorable para España en más de 17.300 millones de euros, confirmando la solidez y complementariedad de ambas economías.
La inversión constituye otro de los pilares de esta relación. Francia es el segundo inversor extranjero en España por volumen de stock acumulado, con más de 64.300 millones de euros invertidos en nuestro país. A su vez, España mantiene en Francia un stock inversor superior a los 25.300 millones de euros. Esta presencia empresarial tiene además un impacto directo sobre el empleo: las empresas francesas implantadas en España generan más de 376.000 puestos de trabajo, mientras que las inversiones españolas en Francia sostienen cerca de 57.000 empleos.
Empresas francesas como Carrefour, Leroy Merlin, Orange, Capgemini o BNP Paribas forman parte desde hace décadas del tejido económico español. Del mismo modo, compañías españolas como Indra, Acciona, Ferrovial, Gestamp, CAF o Cosentino han consolidado posiciones relevantes en el mercado francés, contribuyendo a reforzar una relación económica que trasciende ampliamente el ámbito institucional.
Esta interdependencia económica resulta especialmente relevante en el contexto actual. El informe Draghi sobre la competitividad europea advierte de la necesidad de acelerar la innovación, aumentar la inversión y reforzar la base industrial del continente para evitar una pérdida progresiva de peso frente a Estados Unidos y China. En este marco, la cooperación franco-española puede desempeñar un papel clave en el desarrollo de estrategias conjuntas de deeptech en ámbitos como la inteligencia artificial, la ciberseguridad, la energía, la movilidad, la salud, los semiconductores o las tecnologías industriales avanzadas.
Las prioridades económicas francesas convergen además con muchas de las recomendaciones formuladas por Draghi. Francia está impulsando inversiones significativas en inteligencia artificial, centros de datos, energía nuclear, industria verde y tecnologías estratégicas. Una mayor coordinación con España en estos ámbitos podría facilitar la creación de proyectos industriales de escala europea y contribuir a una reindustrialización basada en la innovación, el talento y la soberanía tecnológica.
España y Francia tienen una oportunidad única para desempeñar un papel protagonista en esta transformación. Juntas constituyen dos de las principales economías de la Unión Europea y conforman un mercado de más de 100 millones de consumidores, con importantes capacidades industriales, infraestructuras estratégicas y ecosistemas de innovación en crecimiento.
El Tratado de Amistad y Cooperación ofrece precisamente un marco estable para reforzar esa colaboración. Más allá de su dimensión política, establece mecanismos permanentes de coordinación entre ambos gobiernos y favorece la cooperación en ámbitos directamente vinculados con la competitividad europea, como la energía, la innovación, la investigación, la industria, la movilidad o las infraestructuras estratégicas.
La utilidad práctica de esta cooperación ya puede observarse en proyectos como H2Med, destinado a conectar la Península Ibérica con el resto de Europa mediante una red de transporte de hidrógeno renovable, o en las nuevas interconexiones eléctricas transfronterizas impulsadas por ambos países. Estas iniciativas no solo fortalecen la seguridad energética europea, sino que también generan nuevas oportunidades para la industria y la inversión.
La ratificación del tratado no generará automáticamente más exportaciones ni más inversiones. Sin embargo, sí puede proporcionar un marco político e institucional más favorable para impulsar proyectos conjuntos, coordinar prioridades industriales, acelerar infraestructuras estratégicas y facilitar la colaboración entre empresas, universidades, centros tecnológicos y administraciones públicas.
En un momento en el que Europa busca recuperar capacidad industrial, fortalecer su autonomía tecnológica y competir en igualdad de condiciones con las grandes potencias económicas, la cooperación entre España y Francia debería entenderse como una inversión estratégica de largo plazo. La relación económica entre ambos países ya es una historia de éxito; la ratificación del tratado permitiría dotarla de una mayor ambición y de mejores herramientas para afrontar los desafíos de las próximas décadas.
Stéphane Ruiz Coupeau
Director del campus de ESSCA School of Management en Málaga





