Probablemente el mayor cambio experimentado por la economía española en los últimos años es su espectacular e irreversible proceso de internacionalización. Dicho proceso de internacionalización se ha puesto de manifiesto en diversos aspectos, entre los que destaca el creciente coeficiente de apertura al exterior, medido como el porcentaje que las exportaciones e importaciones de bienes y servicios representan respecto al PIB, que nos sitúa por encima de algunos de nuestros principales socios comerciales, como Alemania, Francia o Italia, y muy por encima de países como Estados Unidos o Japón.
Otro aspecto relevante es la llegada masiva de inversión extranjera, que se ha visto atraída por el dinamismo del mercado español y por la rentabilidad elevada de dichas inversiones en un contexto caracterizado por la estabilidad macroeconómica. También la paulatina consolidación de la inversión española en el exterior que ha supuesto que, por primera vez en la historia reciente, España se haya consolidado como una economía exportadora neta de capitales.
Finalmente, cabe subrayar el cambio estructural que ha supuesto para las empresas las exportaciones, o incluso la implantación en los mercados exteriores, al dejar de ser una actividad de carácter residual que sólo se realizaba cuando el mercado nacional se encontraba saturado para constituirse en un objetivo en sí mismo.
Este proceso de integración en los mercados internacionales de una economía como la española, tradicionalmente muy protegida, se ha producido con un elevado grado de éxito, como lo prueba el permanente aumento de la cuota de mercado de la exportación española en el comercio mundial, lo que es más relevante si se tiene en cuenta que el comercio mundial es una actividad en continua expansión. El incremento de la cuota de mercado de las empresas españolas ha ido acompañado de un cambio en la estructura sectorial de nuestro comercio.
Así, nuestras exportaciones ya no se basan fundamentalmente en bienes de consumo estandarizados o en productos agroalimentarios sin elaborar, sino que en la actualidad casi tres cuartas partes de nuestras ventas al exterior corresponden a sectores de bienes de equipo, semimanufacturas y automoción. Este hecho es especialmente significativo, dado que lo relevante para un país no es sólo saber cuánto exporta sino también saber qué se exporta y a quién se exporta, es decir, su perfil de especialización, puesto que no es indiferente especializarse en bienes poco sensibles al crecimiento económico que en sectores con mayor valor añadido e intensidad tecnológica.
En este contexto, la economía española proporciona un marco muy propicio para el inversor internacional. Dicho marco viene definido, entre otros factores, por un mercado dinámico, como lo prueba el que la economía española esté creciendo permanentemente por encima del resto de nuestros principales socios comerciales. También hay que tener en cuenta que el dinamismo de la economía española viene acompañado de un elevado grado de estabilidad de variables tan fundamentales para el inversor y la empresa extranjera como la inflación y el déficit público.
En tercer lugar, la economía española se beneficia de su pertenencia a la Unión Europea y en especial de la adopción de la moneda única europea, en la medida en que ello confiere una estabilidad cambiaria adicional a los buenos resultados macroeconómicos antes mencionados. El mercado español, por tanto, constituye una plataforma para implantarse en otros mercados como el latinoamericano, con un elevado potencial de crecimiento y donde la empresa española cuenta con un alto grado de implantación. Asimismo, la economía española presenta una combinación óptima de desarrollo económico, en términos de infraestructuras y formación y cualificación de la mano de obra, y menores costes que la mayoría de los países avanzados.
Finalmente, en la medida en que la inversión internacional se centra cada vez más en el sector servicios, la economía española constituye uno de los destinos más atractivos, especialmente, en determinados sectores como el turismo, donde España cuenta con una ventaja comparativa muy importante.
Dadas estas características de nuestra economía, la Administración económica y comercial española está realizando un especial esfuerzo por impulsar la calidad de sus servicios y por atender las necesidades de las empresas relacionadas con los mercados exteriores, siempre con el objetivo puesto en la consolidación del proceso de internacionalización de la economía española.
Entre los principales instrumentos utilizados y recogidos en el recientemente presentado Plan de Internacionalización destaca la adopción de programas que tratan de incrementar la base exportadora española, la puesta en marcha de recursos para promocionar la producción española en mercados emergentes de alto potencial, el impulso de nuevos sectores exportables como los servicios, el idioma, o la cultura con el objetivo de diversificar el perfil sectorial de nuestra exportación, y el desarrollo de las distintas áreas de negocio de la empresa, con especial atención a todas aquellas fases previas a la inversión exterior.
En definitiva, puede afirmarse que la economía española presenta todo un conjunto de factores que la hacen ser una economía plenamente integrada en los mercados internacionales y que cuenta con una elevada gama de posibilidades para los inversores y las empresas exteriores, constituyendo tanto la atracción de dichos inversores y dichas empresas, como la consolidación de nuestro sector exterior, objetivos fundamentales de las autoridades económicas.
Rodrigo Rato y Figaredo
Vicepresidente Segundo y Ministro de Economía
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