El TLC UE-India abre la puerta a 1.400 millones de consumidores: qué gana el aceite y el vino español

Hace poco más de cinco meses, la Unión Europea cerró el acuerdo comercial más ambicioso de su historia. Y en España, todavía muy pocos han reparado en lo que significa para el aceite de oliva y el vino.

El pasado 27 de enero, Bruselas y Nueva Delhi anunciaron la conclusión de las negociaciones para un Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea e India, tras más de dos décadas de conversaciones intermitentes. El resultado es, en términos simples, la mayor zona de libre comercio jamás creada: cerca de 2.000 millones de personas y una cuarta parte del PIB mundial.

Ahora mismo el texto está en fase de revisión legal, un proceso que se prevé de cinco a seis meses. La firma formal se espera para finales de este año, y la aplicación provisional del acuerdo, hacia 2027. Es decir: todavía hay tiempo para prepararse, pero no tanto como parece.

Para el sector agroalimentario español, el capítulo relevante es el arancelario. India ha sido tradicionalmente uno de los mercados más cerrados del mundo para el vino europeo, con aranceles que en algunos casos superan el 150% y que, una vez sumados márgenes, impuestos y licencias, pueden multiplicar por cuatro el precio final al consumidor. El nuevo acuerdo reduce de forma sustancial esa barrera, y lo hace además incluyendo productos como el aceite de oliva, el kiwi o la pera, tres partidas en las que España tiene un peso exportador considerable y que quedaron fuera del acuerdo que India ya firmó con el Reino Unido.

Eso no es un detalle menor. Significa que, en aceite de oliva, España va a competir en India en mejores condiciones que un socio comercial que llevaba ventaja.

El acuerdo, en su conjunto, elimina o reduce aranceles en más del 90% de las líneas comerciales por parte europea y en el 86% por parte india, con una cobertura de liberalización que roza el 97-99% del comercio bilateral. Por supuesto, hay sectores blindados en ambas direcciones: la UE mantiene protección sobre carne de vacuno, arroz, azúcar o aves de corral, mientras que India protege lácteos y cereales básicos. Pero el aceite y el vino no están entre los sacrificados.

Aquí conviene ser realistas: esto no va a traducirse en pedidos la semana que viene. Entre la revisión legal, la ratificación por el Parlamento Europeo y el Lok Sabha indio, y la implementación gradual de las reducciones arancelarias -que en algunos casos se extenderá varios años-, el calendario real de esta oportunidad se mide en trimestres, no en semanas.

Y ahí está, precisamente, la ventana que muchas empresas van a dejar pasar. La experiencia con otros acuerdos comerciales -Nueva Zelanda, Vietnam, Corea del Sur- es siempre la misma: las compañías que empiezan a construir relación comercial, registro de marca, indicaciones geográficas y red de distribución antes de que el arancel baje son las que capturan la mayor parte del mercado en los primeros años. Las que esperan a que el TLC esté en vigor llegan a pelear por lo que queda.

India, además, no es un mercado que se entienda por analogía con ningún otro. La regulación sanitaria, la fragmentación por estados, la diversidad de canales de distribución y las diferencias culturales en torno al consumo de alcohol -recordemos que varios estados indios mantienen restricciones o prohibiciones- exigen un trabajo de entrada mucho más artesanal que en otros mercados donde España ya tiene tradición exportadora.

Con la revisión legal en marcha y la entrada en vigor todavía a un par de años vista, el margen de maniobra real está en esta fase: validar el mercado, entender la regulación estado por estado y empezar a construir red de distribución antes de que la reducción arancelaria esté operativa.

Ana María Giraldo

Business Consultant, Gedeth Network

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