Muchas cosas han pasado que España se incorporó como socio a la UE. Nuestra renta per cápita casi se ha igualado a la media europea, el sector exterior representa más del 60% del PIB y España se ha convertido en un inversor neto en el extranjero, con una tasa del 35% del PIB. Sin embargo, nuestra economía sigue teniendo una «piedra en el zapato»: el déficit exterior.
El ejercicio 2005 se cerró, en términos de actividad del sector exterior, con datos francamente malos. Sin ánimo de aburrir con cifras excesivas, mencionaremos las imprescindibles para situar el escenario pasado y tratar de escudriñar el futuro a corto plazo, tarea nada fácil. El saldo de nuestra balanza comercial (diferencia entre exportaciones e importaciones de bienes) llegó a alcanzar un déficit de casi 70.000 millones de euros, lo que equivale al 7,6% del PIB y un incremento respecto al ejercicio anterior del 55%. El sector exterior restó casi dos puntos de crecimiento a la economía española y mientras que las compras al exterior aumentaron un 12%, las ventas sólo lo hicieron en un 4,3%. En tanto que nuestra economía creció un 2,7%, la mundial lo hizo a una tasa de casi el doble. Una vez situados, vemos que el escenario no es nada tranquilizador.
El origen de esta situación
Diversas son las razones. La primera es el tradicional déficit de nuestra economía, si bien nunca con cifras tan abultadas. La paradoja es que mientras mayor es el crecimiento de la economía, mayor es la demanda de productos del exterior, lo que se traduce en un aumento del déficit si no se compensa con un incremento similar en las exportaciones. La segunda razón es el encarecimiento de las importaciones de crudo. España, que en la época de los 90 decidió abandonar energías alternativas al petróleo y al gas, léase la nuclear, es el país más dependiente de su entorno del suministro de energía del exterior. La tercera es que los productos que exportamos son menos competitivos y a ello contribuye, por un lado, que nuestros principales clientes no están pasando por su mejor coyuntura económica, como Francia, Alemania e Italia, y por otro que el diferencial de inflación respecto a nuestros socios europeos es casi dos puntos más alto. La cuarta se debe a la pujanza y dinamismo de las economías de los países del Este de Europa y las de los países emergentes del sudeste asiático, que cuentan con la ventaja de tener unos costes laborales mucho menores. El resultado es la pérdida de competitividad, pérdida de cuota de mercado y deslocalización de empresas hacia otros mercados donde producir sea menos costoso.
¿Qué nos espera en el 2006?
A falta de la bola de cristal, el futuro no presenta buenas perspectivas y los datos son poco alentadores. El crecimiento económico, y por lo tanto el aumento del consumo, seguirá generando un incremento de las importaciones que no se compensará con las exportaciones.
Durante el mes de enero la tendencia ha continuado similar a la del 2005, y aunque el déficit registró un descenso del 1,5%, ello se debió a causas muy concretas, como la operación puntual de la entrega de una serie de buques y el buen comportamiento del sector de la automoción. Sesgos aparte, los números rojos de enero fueron superiores en un 27,6% a los de enero de 2005.
El FMI vaticinó para 2006 algunos riesgos en la economía mundial a los que España no es ajena. Entre ellos el repunte de la inflación, el estallido de la burbuja inmobiliaria, el calendario electoral en Latinoamérica, el terrorismo islámico y la subida de los tipos de interés. Y entre los retos específicos a los que España se tiene que enfrentar está el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación (TIC), el fomento de la colaboración entre universidad y empresa, y la capacidad de absorción de la inmigración masiva ante una más que probable desaceleración de la actividad inmobiliaria y constructora donde trabaja gran parte de los más de cuatro millones que han venido a España durante los últimos diez años.
A nivel internacional, China seguirá siendo el motor de la economía mundial como lo es desde el año 2000, con un crecimiento cercano al 9,5%. Latinoamérica vivirá este año 2006 un apretado calendario electoral y las encuestas apuntan a que la izquierda alcanzará el poder en varios países. Finalmente, el precio del crudo seguirá la senda alcista. Lo estamos viendo en este último mes y los más agoreros apuntan a que el barril puede irse a los 100 dólares, al haberse alcanzado la máxima producción debido a la fortaleza de la economía de EE.UU., China e India.
¿Soluciones?
El tradicional superávit de la balanza comercial debido al turismo no alcanza ya para compensar el déficit. El paulatino descenso de entrada de turistas en nuestro país, un 14% menos en los dos primeros meses del año, unido al hecho de que los españoles cada vez viajamos más al exterior, hace que la balanza por cuenta corriente, en especial la de servicios, presente un superávit menor de lo que sucedía años atrás.
¿Qué tendría que pasar para que mejorara nuestra balanza de pagos? Por un lado, un descenso en el ritmo de las importaciones, lo que se conseguiría con una rebaja en la factura energética o bien con una disminución en nuestra tasa de crecimiento, lo que en modo alguno es deseable. No se vislumbra, por lo tanto, una reducción del ritmo de las importaciones a corto plazo. Habría que pensar entonces en incentivar el incremento de las exportaciones y actuar en dos direcciones: la primera esperar la reactivación económica de nuestros clientes en la Unión y la segunda buscar nuevos mercados. Es sorprendente que sólo un 10% de nuestras exportaciones tengan como destinos EE.UU. (4%) y Asia (6%), dos de las economías con mayores tasas de crecimiento, en tanto que el 75% se dirigen a la UE.
El Gobierno ha identificado una serie de países que, en su doble condición de emergentes y muy poblados, tales como Brasil, México, India, China y la zona norteafricana, son objetivo prioritario hacia los que canalizar los esfuerzos comerciales y financieros.
Así, el pasado año se puso en marcha un Plan Dinamizador de la economía española que contiene 100 medidas, muchas de las cuales afectan a la actividad exterior. Aún es pronto para evaluar su bondad, pero en él se ponía el acento en el desarrollo del I+D+i y así se ha manifestado en el generoso incremento presupuestario del 25% y en el beneficioso tratamiento fiscal vía deducciones y amortizaciones aceleradas, pero aún no parece haber calado con fuerza la cultura de la innovación. Y es ahí, junto a la inversión en capital humano y la búsqueda de nuevos mercados donde residen las claves de nuestra posible mejora. Si no podemos competir con unos bajos costes laborales, miremos a países como Alemania que ha apostado por reactivar su economía en base a convertirse en el mayor exportador a nivel mundial desde 2003, o a Irlanda y Finlandia que son los que presentan unas tasas de crecimiento más altas en la última década porque decidieron orientar su desarrollo hacia sectores de tecnología avanzada.
España no se puede permitir perder competitividad porque además también se pierde el atractivo de conseguir inversiones directas, como la instalación de fábricas o empresas en el país que son las que de verdad generan riqueza a medio y largo plazo, cosa que no ocurre con otras inversiones en cartera.
Aunque el verdadero esfuerzo inversor y exportador debe darse por parte de las empresas de forma sostenida y no sólo como estrategia recurrente y coyuntural ante los vaivenes de la economía nacional, es importante la ayuda que la Administración pone a su disposición para lograrlo.