El crecimiento económico de China sigue siendo alto, lo que incluso hace temer un recalentamiento en algunos sectores. La actividad sigue impulsada por el nivel sostenido del consumo de las familias y de la inversión, pero también por la expansión de las exportaciones, tras la incorporación de China a la OMC. Esta incorporación contribuye a la apertura del país y lleva a los inversores extranjeros a convertirlo en el gran taller del mundo, procurando, además, afirmar su presencia comercial en un mercado que presenta inmensas potencialidades.
Este espectacular avance no impide, sin embargo, la persistencia de desequilibrios. Algunas regiones interiores, al contrario que la mayoría de las provincias costeras, siguen excluidas del crecimiento, así como la inmensa mayoría de la población rural. La modernización del sector público, industrial y financiero avanza con excesiva lentitud y la voluntad de mantener a flote a algunas empresas estatales deficitarias sigue manteniendo el flujo de créditos dudosos. Por otro lado, aunque la obtención de datos financieros sobre las empresas empieza a ser más frecuente, su fiabilidad es a veces dudosa y el entorno legal no favorece el recobro de las deudas en caso de impago.
La situación de la hacienda pública no es inquietante a corto plazo, pero el aumento de la deuda pública podría afectar a la financiación de las reformas económicas y sociales. Los ratios financieros exteriores son satisfactorios, pero, debido al continuo aumento del volumen de reservas, las presiones internacionales en favor de una revaluación del yuan se intensifican.
El entorno político es estable. Tras los cambios en la cúpula del Partido Comunista y del Estado, en noviembre de 2002 y en marzo de 2003, el nuevo equipo dirigido por Hu Jintao y Wen Jiabao da muestras de pragmatismo. Debe hacer progresar las reformas económicas a fin de mantener un crecimiento sostenido, procurando atenuar al mismo tiempo las desigualdades regionales y sociales.