El debate europeo y las temperaturas rompen record en el reverberante verano estonio. La coalición gobernante cumple los perdonables primeros cien días sin glorias ni memorias; es aprobado un presupuesto simbólico para la campaña promocional: un millón de euros. La canícula estival y la euforia de las vacaciones serán los catalizadores que se ocuparán de que los aún indecisos se hagan de una opinión antes del 14 de septiembre, día a efectuarse el Referéndum. Con mayúscula, pues es sin duda una de las más importantes decisiones de la historia de Estonia: ser o no ser UE. Si la pertenencia a Europa fue ya decidida por los cruzados alemanes y daneses hace siete siglos, delimitando un espacio cultural y valores comunes, ¿se trata ahora de afrontar la globalización y ser pragmáticos? ¿O se trata de detener una reacción en cadena para desilusión de la burocracia de Bruselas?
El primer artículo de la Constitución de Estonia dice que la soberanía del país es inalienable y bajo este símbolo se han unido todas las organizaciones contrarias a ceder la cara independencia a una Babel federalista. Sudorosos Euro activistas construyen con los dineros estructurales villas y castillos, pero evitan tocar el tema del encarecimiento de los precios. Los analistas financieros pronostican fuera de la UE un crecimiento de los intereses bancarios, del desempleo, de los impuestos y una crisis económica peor que la de 1998, dando un empujoncito a las acciones del sí. Dos pájaros con una cruz: marcando junto al sí se aprueba la incorporación definitiva a Europa y el cambio de la Constitución. ::